En el pasillo del supermercado, la etiqueta orgánica suele asociarse de forma automática con un consumo más responsable. Menos pesticidas, menos antibióticos y una producción más cercana a la naturaleza parecen razones suficientes para elegirla. Sin embargo, cuando la sostenibilidad se analiza con lupa, especialmente en el caso de la carne y otros productos de origen animal, el panorama se vuelve mucho más complejo.
Diversos estudios y análisis recientes coinciden en que los alimentos orgánicos no siempre son la opción más favorable para el medioambiente. La nutrición, uno de los pocos factores fáciles de comparar, no varía de forma significativa entre productos orgánicos y convencionales. A partir de ahí, entran en juego una serie de compensaciones que obligan a mirar más allá de la etiqueta.

Según la literatura científica revisada por organizaciones especializadas, la producción de carne orgánica suele requerir más superficie agrícola que la convencional. Las normas vigentes en Estados Unidos y otros países exigen que los animales dispongan de más espacio, lo que se traduce en sistemas menos intensivos pero también menos eficientes en términos de uso de la tierra. Una revisión académica publicada en 2017, basada en cientos de estudios de ciclo de vida, concluyó que los productos animales orgánicos utilizan en promedio alrededor de 75 por ciento más tierra que sus equivalentes convencionales.
Este mayor uso del suelo tiene implicancias directas para el clima. La expansión agrícola es uno de los principales motores de la deforestación a nivel global, con impactos evidentes en regiones como la Amazonía. Los ecosistemas naturales cumplen un rol clave en la captura de carbono, capacidad que se pierde cuando la tierra se destina de forma permanente a la producción agropecuaria. En un contexto de crisis climática, aumentar la superficie dedicada a la ganadería representa un costo ambiental difícil de ignorar.
Algunos estudios europeos han señalado que la producción orgánica puede mostrar menores emisiones por hectárea, gracias a prácticas de manejo del suelo que favorecen la captura de carbono. Sin embargo, cuando las emisiones se miden por kilo de carne producida, los resultados suelen invertirse. De acuerdo con la evidencia disponible, la carne orgánica tiende a generar más gases de efecto invernadero por unidad de producto, lo que cuestiona su aporte real a la mitigación del cambio climático.
El debate no es solo ambiental. Desde el punto de vista del bienestar animal, la producción orgánica ofrece ventajas claras. Más espacio implica mejores condiciones de vida en comparación con la ganadería industrial intensiva. Aquí emerge una de las tensiones centrales del sistema alimentario actual: producir de manera más eficiente reduce emisiones, pero suele hacerlo a costa del bienestar animal.
Mientras tanto, la demanda de alimentos orgánicos sigue creciendo. En Estados Unidos, las ventas de carne orgánica aumentaron más de 14 por ciento entre 2023 y 2024, impulsadas sobre todo por consumidores jóvenes. Sin embargo, según proyecciones citadas por organismos internacionales, transformar toda la ganadería en orgánica sin reducir el consumo de carne implicaría destinar más de 60 por ciento de la superficie habitable del planeta a animales de granja, un escenario difícilmente compatible con los objetivos climáticos globales.

Frente a este dilema, algunos analistas apuntan a una conclusión incómoda pero inevitable. La sostenibilidad no depende solo de cómo se produce, sino también de qué y cuánto se consume. Reducir la ingesta de carne y diversificar las fuentes de proteína, como las legumbres, orgánicas o no, aparece como una de las pocas estrategias capaces de equilibrar clima, bienestar animal y seguridad alimentaria en un mundo que se acerca a los 9 mil 700 millones de habitantes.
Referencia: https://sentientmedia.org/es/son-los-alimentos-organicos-mas-sostenibles-es-complicado/?utm_


