El concepto de agricultura regenerativa se ha instalado con fuerza en el discurso de sostenibilidad de la industria alimentaria global. Prometida como una vía para restaurar suelos, proteger la biodiversidad y reducir la huella climática, esta narrativa ha sido adoptada rápidamente por grandes compañías de alimentos y bebidas. Sin embargo, un reciente informe citado por medios especializados advierte que el uso indiscriminado del término podría estar derivando en prácticas de greenwashing, poniendo en riesgo la credibilidad del concepto y la confianza de los consumidores.
Según el reporte, varias multinacionales han comenzado a promocionar compromisos con la agricultura regenerativa sin contar con estándares claros, métricas verificables ni sistemas de control independientes. En muchos casos, las iniciativas se limitan a ajustes parciales en prácticas agrícolas convencionales, sin cambios estructurales en el uso de agroquímicos, semillas modificadas o modelos productivos intensivos. Esto ha generado preocupación entre organizaciones ambientales y actores del sector orgánico, que alertan sobre el vaciamiento del concepto y su uso como herramienta de marketing.
El informe subraya que, a diferencia de otros esquemas consolidados, como la agricultura orgánica, regulada por marcos normativos oficiales y sistemas de certificación, la agricultura regenerativa carece hoy de una definición única y ampliamente aceptada. Esta ambigüedad permite que empresas de gran escala presenten acciones aisladas como transformaciones profundas, sin rendir cuentas sobre impactos reales en suelo, agua, biodiversidad o comunidades rurales.

De acuerdo con el análisis, esta tendencia no solo confunde a los consumidores, sino que también podría desviar inversiones y apoyos públicos desde modelos más exigentes hacia iniciativas de menor impacto ambiental. En un contexto donde los mercados financieros, los retailers y los reguladores demandan mayor transparencia en sostenibilidad, el riesgo reputacional para las marcas es cada vez más alto.
El debate se inscribe además en una discusión más amplia sobre el futuro de los sistemas alimentarios. Mientras crece la presión por reducir emisiones, enfrentar la degradación de suelos y adaptarse al cambio climático, distintos sectores pugnan por definir qué prácticas merecen ser consideradas soluciones reales. Para organizaciones críticas, permitir que la agricultura regenerativa se convierta en un “paraguas” sin exigencias claras amenaza con diluir su potencial transformador.
El informe llama a establecer marcos más robustos, con indicadores medibles, auditorías independientes y coherencia entre discurso y práctica. También plantea la necesidad de que gobiernos y actores del mercado diferencien entre compromisos verificables y promesas vagas, evitando que la sostenibilidad se convierta en un recurso comunicacional sin respaldo técnico.

En momentos en que los consumidores muestran mayor sensibilidad frente al origen de los alimentos y su impacto ambiental, el mensaje es claro: sin reglas claras y rendición de cuentas, incluso las ideas más prometedoras pueden perder legitimidad. La agricultura regenerativa, advierten los analistas, aún tiene la oportunidad de consolidarse como una solución real, pero solo si evita el camino del greenwashing y avanza hacia estándares creíbles y transparentes.


